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Del río de mi infancia emerge una niebla infecciosa en la que resuenan ecos de un griterío vacilante compuesto por nombres, chapoteos y cancioncillas burlonas. A, B. Crear, destruir. Los referentes han abandonado a sus siluetas, la materia se tambalea en sus propios reflejos, el espíritu se asfixia en los vómitos que provoca. El río de mi infancia se ha estancado. Huele mal. Dudo del aspecto que me devuelve esta superficie devorada por la maleza, agitada por los insectos. Me pienso y no me recuerdo, así que no tengo más remedio que suponerme. Mal asunto: imaginar me satura hasta el hastío.

Tal vez no deba darle vueltas. Quizás no haya nada más allá de esta sombra que, en un acto instintivo no evolucionado, se arrastra desesperada por suelos y paredes a la procura del punto de ancla al que antaño se amarraba para justificar su existencia. Lo que sucede es que no puedo disimularlo: me repugna esa negación maniática de su nueva naturaleza autónoma, su dependencia rastrera de un autoimpuesto imperativo de ser, su irracional necesidad de una justicia de lo infinito capaz de hacerla eterna, su empecinamiento en someterse a un ritual mezquino por el que inútilmente se condena a la búsqueda de su origen fuera de ella misma, en lugares que hace tiempo quedaron vacíos.

Intuyo que semejante consagración sólo puede fundamentarse en el temor al repliegue. Cuando la angustia obstruye los pulmones, el rutinario movimiento de expansión sin sentido resulta un lenitivo mucho más eficiente que la contracción de consecuencias tan sospechadas como temidas. Todo parece indicar que el abandono de la ceremonia desencadenaría un proceso de reducción, una condensación con límite en lo mínimo, y entonces brota el germen de toda esta doctrina: el punto. Crear, destruir. Una semilla. Un punto. Imposible no sentir terror cuando de ahí a la nada ya sólo media un universo.

Todo parece indicar, todo parece empezar, todo parece terminar. Todo parece, incluso yo, que ni siquiera me reconozco porque nunca antes me he conocido. Todo parece, todo desaparece. Puede que un día la luz se cuele por la fisura en la que nos apelotonamos para respirar el aire que nos permite mantener el absurdo, y así se definan de nuevo los contornos y se evapore todo aquello que aparenta ser, con sus dudas e imprecisiones, revelándose al fin lo que es cierto. Entonces aparcaríamos el recurso a la premonición, a la trascendencia de saldo emanada de un más allá venido a menos, devaluado, olvidado a la vuelta de la esquina, para comprender de una vez que la realidad cuenta con un vasto muestrario de intenciones en el que todo está escrito y subrayado para quien considere necesaria su lectura. Crear, destruir. Una raíz, distintos propósitos, idénticas conclusiones. Qué magnífica sería la lucha por la asunción de un trayecto que se agota en sí mismo.

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pwdk

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