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La gestación es una etapa transitoria que, por encontrarse sus fundamentos excesivamente focalizados en el correcto desarrollo y evolución del engendro, acaba reducida a una relación similar a aquella que cualquiera podría llegar a establecer con un inesperado bulto que, sorpresiva y repentinamente, se descubriese en la axila.

Tampoco será durante el parto cuando se manifieste esencia alguna de la vida. Se le aguarda en vano a lo largo de todo el proceso, especialmente en su clímax emocional, pero no se revelará antes del lance postrero, justo tras la extracción del feto, e incluso ahí resultará esquivo, pues es posible que ni siquiera entonces adopte la forma de un estímulo sensible.

Sin embargo, todo ocurre en ese momento. Lo que hasta entonces unía un vínculo físico, vulgar y caduco, fundamentado en la satisfacción de una necesidad básica como la supervivencia, se trunca al cortar el cordón y provocar, con gesto tan bello como atroz, la separación radical con la que paradójicamente se sella un lazo eterno. Precisamente ahí, en la expulsión del útero edénico y la quema de toda vía de regreso, reside la esencia y verdadero milagro del nacimiento: la transfiguración de la mujer en madre.

En ese instante trascendental, místico, la mujer se eleva sobre el suelo, impulsada por una dignidad semejante a la que porta el soldado derrotado que, al regresar a su hogar, cubre las heridas que le han mutilado con el orgullo del deber cumplido en lo que, para quienes le rodean, ha sido un desastre nacional imperdonable, hasta acabar enterrado junto a otros compañeros desconocidos en un aburrido jardín donde, si para entonces no les han olvidado ya a todos, acabará erigiéndose un monumento bajo cuya sombra los nombres propios se amalgamarán en una masa heroica anónima e íntimamente vergonzosa que, como siempre sucede, la erosión del tiempo se encargará de deformar hasta convertirla en una sustancia ligera y mucho más asimilable.

También media, durante ese destierro que va de una mujer a una madre, la activación de un sentimiento irredimible que, siempre latente, se manifiesta a través de una serie de expresiones bajo las que se intuyen las formas obtusas de una responsabilidad desmesurada, alentada por una subyugante vigilia de espíritu. El instinto maternal no es más que una firma culpable, estampada a diario con sangre sobre el cheque sin fondos que pretende paliar la deuda infinita contraída con el hijo arrojado al mundo.

Entonces, se arma el más ceñido de los grilletes y la mujer deviene madre, en una metamorfosis cuyo sentido trasciende la lógica de lo natural y lo humano para asentarse en lo metafísico, en un odio inconmensurable, rabioso y vengativo que, germinando en los extremos superiores de la decepción y la frustración, se orienta a maximizar la divina carga condenatoria depositada originalmente sobre Eva, a través de una mácula que, revestida con la inocencia de la virtud, es capaz de perpetuarse más allá del filtro bautismal expiatorio.

Gracias al don que la privilegia, la madre debe curtirse en la aceptación del repudio que pueda provocar su osadía al intentar sugerir, recomendar o aconsejar, y ya no digamos insinuar, reclamar, exigir, amonestar, exceder, contradecir, errar, enjuiciar, considerar, imaginar, sospechar, aseverar, manifestar, censurar, temer, odiar, suponer, imaginar, matizar, reprender, reprobar, desear, anhelar, pretender, aspirar, ansiar, preferir y otros muchos derechos que se presuponen y defienden para cosas, animales y plantas.

Sé lo que digo, y lo digo porque sé que hoy he tomado verdadera conciencia de la dimensión real de tamaña condena. Por su magnitud, el sometimiento resignado e irrenunciable al propio fruto hace de las demás sanciones eternas un burdo conjunto de nimiedades. Sudar para comer o sufrir para parir no son a su lado sino actos rutinarios, cotidianos, asumibles, sin más repercusión que su propio presente ni más memoria que las casuales y casi siempre alteradas evocaciones futuras.

Hoy lo he comprendido.

El olor putrefacto que emanaba por las rendijas de mi soledad me ha llevado a buscar aire fresco en la compasión que me proporciona la figuración de su soledad. Este sentimiento desanudó mis nervios, y permitió crecer en mi interior la necesidad de presentarme como una gracia capaz de aliviar todo sufrimiento, como una compañía sacrificada y reparadora que renuncia a sí misma por el otro sin ni siquiera aguardar pago en moneda equiparable.

Y ella aceptará el favor que he decidido otorgarle. Agradecida, me acogerá silenciosa en su regazo, jugueteará con los dedos entre mis cabellos y, mientras caigo dormido a sus pies, con la cabeza apoyada sobre sus rodillas, volverá a sentirse completa, plena, como antes de expulsarme de su interior. Lo aceptará. Tal es mi don, tal su condena.

Pero sé que antes me mirará con todas las miradas de los años que lleva esperándome, velada por noches de pena y angustia que, junto con el propio traqueteo de la vida, han terminado por aplacar cualquier otro ánimo e intención, porque llega un momento en el que ya parece tarde para todo. Y tendré que soportar esa mirada. ¿Por qué habría de mirarme así, cuando nunca yo le he exigido nada? ¿Qué podría hacer yo, cuando es ella quien todo lo ha originado?

Todo pasa por ella, todo lo marca ella, todo lo arranca ella. El principio del inicio con el dolor de su sacrificio, el principio del final con el dolor de su muerte. Resulta imposible no empezar a morir cuando ella muere. Lo he considerado, pero siempre en vano. Resulta imposible. Uno se pudre cuando se pudre la persona de la que lo han desentrañado. Sin más. El terreno que servía de nexo se vacía de materia y, yermo, se abandona bajo multitud de astillas punzantes, restos de otras tantas cosas que hasta ahora carecían de mayor importancia. No. Una madre tampoco debiera tener derecho a morir. Al menos no así, no sin aclararnos cómo renacer tras nuestra primera muerte.

Los muertos apestan. Mi soledad apesta.

Me aguarda todas las noches, siempre a lo lejos, en mitad del horizonte de aquel prado zurcido por arroyos embarrados, calada hasta los huesos, vestida con un sucio delantal a cuadros, probablemente azul, atado a la cintura, con el cabello apelmazado en mechones irregulares desde los que con insistencia caen goterones incapaces de aliviar la grave sequedad de sus labios.

¿Por qué estás aquí?

Sus pies enfundados en los calcetines de punto que de niño le regalé con su propio dinero se hunden en la braña, empeñada en absorberla lentamente, intentando arrancarla de la faz de una tierra en la que yacen multitud de cabezas, querubines inquietantes enterrados hasta la boca, con los ojos abiertos de par en par, huecos, víctimas de una precariedad que se evapora sin más legado que una cuantas visiones indefinidas.

Lo que creía el zumbido de un moscón es en realidad el murmullo persistente de letanías indescifrables.

Subo la pendiente sin más pensamiento que el encargado de mensurar la posible relación entre una distancia y el tiempo necesario para cubrirla, pero carezco de más sentido de la proporción que aquel que dicta que toda medida depende de la dimensión del dolor o placer del que nos separa. Subo la pendiente. Me falta el aire y los músculos se rebelan con aguijonazos dolorosos. Creo que tengo heridas entre los dedos de los pies. Quizás alguna llaga abierta en la planta. La carne es tremendamente débil.

Ella se sienta en el prado húmedo, en el mismo lugar, igual de lejos que hace horas, con el rostro construido por sencillas pinceladas que, funcionando como unidades mínimas de abstracción, cobran sentido en la lejanía, a quien en conjunto revelan los rasgos esenciales de la realidad que se encierra en cada una de ellas, como sucede con aquella mujer del cuadro que, ajena a la amenaza de nuestra mirada, se afana en su labor a la puerta de una casa cuya oscuridad sólo puede preludiar la garganta del infierno.

¿Y todo este gris? ¿No era azul el cielo?

También me ha pasado desapercibida la llegada de estos árboles secos y retorcidos que, animados por el viento, engarzan sus ramas desnudas para silbar mientras giran lentamente a nuestro alrededor, en una danza de decadencia. Quizás no son ellos quienes giran, sino el planeta, pero aun así creo que se burlan de mí. Crujen sus ramas como sonrisas desdentadas de viejos sin más esperanza que sobrevivir un minuto más. Siento asco. Empeñaría todas mis fuerzas para arrancarlos de cuajo con las manos, troncharlos con los dientes y quemarlos sólo por el placer de escuchar sus prolongados quejidos mientras crepitan entre las llamas que consumen sus cuerpos.

Huele a hierba recién cortada, huele a hierba seca, según quieran estas breves ráfagas de brisa que parecen cargar recuerdos y sensaciones destinadas a llegar tarde vayan donde vayan.

No llueve, pero el suelo está encharcado.

Algo impide que mi voz se eleve por encima del susurro. Estoy seguro de que ni siquiera sabe quien soy y, aun así, pretende que me sienta culpable porque nadie eleva una oración que la saque de este lugar. Espero que escuche el murmullo apagado de mis palabras. Si de verdad es eso lo que piensas, quédate tu asquerosa comida. Preferiría morirme de hambre antes que dar un paso más para llevármela a la boca.

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pwdk

wondering...

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