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Me pregunto cuándo me he acostumbrado a la niebla, a la lluvia y a las tormentas. A las nubes. A la luna. A la oscuridad. A la noche. Me pregunto qué cabe esperar de un ser capaz de no sucumbir al horror de una cúpula que cambia de aspecto y humor a su antojo. Me pregunto qué se puede esperar de alguien que corre en busca de cobijo cuando el mundo decide flagelarse con toda su ira. Me pregunto qué se puede esperar de una criatura condenada a vivir sin que nadie llegue a conocerla. Me pregunto qué se puede esperar de quien cree que resucitará de entre los muertos. Me pregunto qué se puede esperar de quien no ve más allá de la muerte. Me pregunto qué se puede esperar de quienes creen haber puesto punto y final a la eternidad al haber sobrevivido durante generaciones a las amenazas del creador que ellos mismos se han inventado.

Siempre que viajo recuerdo otros viajes, como si mi mente se empeñase en desplazarse a otro lugar distinto al que se le ofrece. He recorrido kilómetros y kilómetros pero, a la hora de la verdad, apenas recuerdo un puñado. Quizás ni eso. Como ahora mismo. Viajo con las sensaciones que experimentaba en aquel otro viaje, sin ni siquiera estar seguro de su verdadera existencia. Es probable que me lo inventase todo entonces, tratando de escabullirme de aquel trayecto. Puede que recrease el recorrido de otro, interiorizando la añoranza atávica de los grandes mitos que acaban convirtiendo su amado punto de partida en ansiado punto de retorno. E hilvanando memorias propias o ajenas, reales o ficticias, se alcanza una meta que en nada difiere de otras metas. Nuevos paisajes, nuevos climas, nuevos rostros, nuevas voces, nuevos gestos: todo es igual, todo es lo mismo. Avanzamos a lo largo de una espiral más o menos amplia en la que, con cada paso, confirmamos las limitaciones que forzosamente tendrá nuestro camino. En mi cabeza apenas permanecen trazas de todo lo que he visto, escuchado, leído y sentido. Vacíos, ecos, vanidades, impudicia. Todo afán es apariencia. Las pasiones se pudren convirtiéndose en sus opuestos, haciendo del aire una masa sólida e intransitable, mientras las pulsiones arden en una pira alimentada de abandono, renuncia y fracaso.

Acostumbro a amenizar el recorrido con la elaboración mental de una lista con todo aquello que considero indispensable para vivir. El ritual siempre se desarrolla bajo los dogmas de una liturgia tan absurda como cualquier otra: compongo una larga relación de elementos y, cuando descubro que me repito (e incido en esta condición porque es muy probable que me repita durante horas antes de tomar conciencia de ello), procedo a descartar todo aquello que incumple la premisa original. Una vez cada elemento ha sido minuciosa y sistemáticamente discutido, atendiendo a la amplia variedad de criterios que se me puedan ocurrir en el momento, mantengo cierta tendencia a conservar el agua aunque, al instante, avergonzado por tan recurrente y torpe intentona de engaño, me centro en seguir procurando aquello que verdaderamente resulte indispensable para prolongar voluntariamente la existencia, no para satisfacer las necesidades de un organismo en permanente decadencia.

Alcanzado este momento sucede lo inevitable, y se desvanece la tenue fantasmagoría con la que pretendía matizar la desazón engendrada en la inseguridad del origen, el destino, el acto y el deseo. La culpa de la incertidumbre y la incertidumbre de la culpa. La culpa como status, como vínculo esencial con la propia vida, como demiurgo de su (ausencia de) forma y sentido, como virus capaz de soportar periodos de latencia tan prolongados que bien podrían confundirse con el olvido o el perdón cuando, en realidad, sólo precisa de una leve mutación de cualquier elemento colindante para resurgir de lo que nunca fueron sus cenizas. Como una grieta irreparable, la culpa se abre entre el pasado que no parte y el futuro que no llega, orientando la mirada al pedregal labrado con empeño por la corriente de un río en época de lluvia, antes de evaporarse y secarse como un músculo viejo que sólo deja tras de sí el convencimiento de que una vez pudo resultar útil.

La idea de una culpa persistente tras la muerte, adherida como carroña a la piel, privada del secreto recaudo proporcionado por la opacidad de la carne y la resistencia del espíritu, eternamente expuesta a todos aquellos que nos acogían por creernos distintos y ahora nos desprecian por ella, resulta sin lugar a dudas el catalizador definitivo para el deseo de vivir. Sin tormento semejante no tendría lugar la redención y, por lo tanto, tampoco la enfermiza necesidad de prolongar una existencia que permita albergar la esperanza de alcanzarla en un momento postrero. Se vive para, algún día, ser mejor y más puro, más digno de aquellos a los que creemos merecedores de toda dignidad, incluso cuando ese aquellos no sea más que lo que vemos de uno mismo. Se vive para dejar de sentir el llanto aferrado a la nuez seca y las lágrimas empantanadas en los ojos, para dejar de escupir recriminaciones arrancadas en voz baja a una condena desbordante. Vivimos para salvarnos del remordimiento. Sin embargo, las sombras atenazadoras auspiciadas por la salvación y sus rudimentos permiten dormir, pero no repararse. Penetran en lo más hondo de la mente y lo corrompen todo, como una incontenible descalcificación del ánimo provocada por la angustia ante lo incierto de la forma que adoptarán nuestras miserias en un más allá que, por su fría luminosidad y abstracta blancura, refleja una imagen temblorosa, amparada en los últimos estertores de la llama agonizante de una vela derretida. No es extraño que sobrevenga entonces la tentación de considerar la otra vía, mucho menos exigente y tortuosa, en la que sólo se requiere la aceptación de la muerte como una opción liberadora que nos permitirá hundir el lastre en un río negro antes de integrarnos en un todo cuya esencia es la contemplación y alabanza de sí mismo. Un magma de pureza libre de espacio, tiempo y temor en el que cesarán los apestosos fluidos corporales. Todo se habrá transfigurado, todo se habrá mezclado. No habrá madres, ni padres, ni hijos, ni hermanos, ni amigos, ni amantes. Nadie a quien tocar, nadie a quien amar, nadie a quien odiar, nadie a quien desear. Nadie que nos castigue, nadie que nos perdone. Nadie que nos recuerde. Sin rencores, sin más pensamientos que los propiciados por el perfecto discurrir de un ciclo divinamente ilimitado. Nada. Nadie. Sólo luz y espíritu. Sólo el ser, el ser solo. La esencia de la esencia. Seremos luminosos para, con el fulgor de nuestra radiación, plegarnos hasta conformar figuras de origami que sirvan de gloriosa inspiración a místicos y poetas. No más penurias. Nos habremos vaciado de culpa. Nos habremos vaciado tanto que ya ni siquiera podremos decir qué es lo que antes nos llenaba ni dónde nos hemos vertido. Nos habremos vaciado tanto que ya será imposible volver a llenarse. La purificación del tránsito nos habrá redimido. Nos habremos vaciado, eso es todo. Sin más. Eso es todo. Vida extinguida, culpa extirpada, espíritu exaltado. Nunca más seremos nosotros: seremos lo eterno. Y también, por fin, seremos salvados. Sirva eso para lo que sirva.